pensé q al barrio le valía encajar 

soñadora y aparte no conformista;

Yo había pensado que si me aferraba a la calle, la calle no iba a darle importancia a mi código postal. 

Que si sacrificaba mi vida entera por una causa, la causa me iba a amar incondicionalmente.

Y es que tal vez la causa me ama, me protege incluso, en principio- pero la causa no son las personas.

He incluso los grupos a los que nos aferramos, con los que nos identificamos, consisten de todo tipo de inconformidades.

Todos padecemos de la condición humana. 

Y no estoy exenta; a mí también me da eso que me provoca coraje y desolación, me da miedo y me da rabia, me siento culpable e igualmente me siento traicionada, me da felicidad y excitación, me enamoro y se me rompe el corazón. 

Me dejo llevar por las caras, la portada, la ambición. 

Luego medito y casi juro que no me importa nada de este mundo material.

Me imagino historias y pinto a los demás como me parece mejor. 

Me da miedo y sin parpadear, alzo la vista para encontrarme con la oscuridad de la noche.

Rezo sin obligación ni lamento, y me siento en paz incluso cuando hay demonios que se manifiestan detrás.

Y es que yo pensé que si me volvía mártir, por amor a los que se merecen más de lo que tienen, acorde a mi percepción, se daría cuanta el mundo de que mi elección es noble; No solo había conseguido sabiduría sagrada, pero me había descubierto el pecho para dar mi vida en nombre de la justicia.

La humanidad no solo se transformaría, si no que, el haber leído Simone Weil y querer ser igual de santa y benevolente, me habría concedido el poder de armonizar el desequilibrio. Que si yo me persignaba dispuesta a crucificarme, yo iba a ser Jesús mismo. Tan encaminada a todo lo que es correcto en el mundo, ya que el amor a dios me iba a transformar tanto, que habría aprendido la lección.

No por ser superior, ni tampoco por sobajarme, pero porque al fin habría entendido que aceptar la palabra de la verdad, de el amor divino- significaba que me abandonaba a mí, en el sentido material que asocio tanto con el ego, y que aparte (de la manera menos protagónica, obvio) sería yo toda una iniciada a el reino de los cielos; por haber demostrado ante el mundo mi logro de convertirme en la mujer más altruista y sensible, la perfección del activismo y reforma social en una sola vagina.

Popular o venerada. 

No sé. 

Algo que me asegurara amor incondicional, como si Jesús o incluso la misma Simone Weil, como si Sor Juana Inés o incluso Frida Kahlo, hubieran sido iconos celebrados por el mundo mundial.

Si me volvía el pie de los pies, la ola más revolcada, la luna más mística, la chica más misteriosa y la más abierta, la más flexible y la más refinada, me garantizaba a mí misma el regalo de la aceptación.

Quería que mi historia encajara con otras, la protagonista de una historia de auto-exploración que termina en éxtasi. Una película muy coming of age, pero obvio que de una manera tan humilde y desinteresada.

La narración perfecta para sanar todos mis males y encontrar la felicidad. 

Qué bonito lo cursi y lo idealista, y lo imposible- eso de querer abandonar completamente mi identidad como persona, quitarme de encima a Vera, convertirme en un concepto de luz infinita. Como si matar al ego fuera de verdad algo alcanzable, dejando por siempre atrás a mi yo material.

Nada mal, solo un poquito fuera de lo que me hubiera sucedido.

Ni Greta ni Malala incluso retienen la luz en el escenario el día de hoy, no sin pagar un precio. Y yo no sé de dónde pensé que Vera Arlette M.P.T. , sería purificada como a María Magdalena le hicieron, y el mundo la vería como una Jesuita MÁS limpia y sagrada que el mismo hijo de dios. Y que todo esto vendría principalmente de los grupos religiosos, porque un ser espiritual reconocería a una espiritual como yo, a que no.

Hubiera dejado de ser yo, reprochando mi condición, quejándome de los sistemas que me dieron libertad, y rechazando todo lo que yo pensé estaba mal. Criticando pero además quemando. Cargando esa culpa y peleándome con la vida por haberme dado cuando no todos tienen.

Me empezaría a identificar con reflejos que no me reflejan, a creerme historias que no son mías, a construir mi ego encima de una imagen que dice ser sincera pero aparenta auto-abandono.  

Me alimentaría la idea de que yo ya sabía que los demás sentían lo que yo sentí, que yo tenía el poder de entender a todos, de compadecerme con cada mal, que como dios- Yo podía comprender a todos y ofrecerles amor incondicional.  

Distorsionaría mi realidad para que se pareciera a la de los demás, o incluso mejor, abandonaría toda realidad que me atara a mí (porque no podría ser todo para todos en todos lados todo el tiempo, si solo soy un objeto localizado en el plano).

Para creerme parte de algo que no me invitó, porque no me conocía y no me tocó. 

Cadena de situaciones aceleradas y demasiado intensas para alguien tan liviana como yo. Porque el amor y la paz son cosas más allá de las fantasías e idealismos, pero claro que tampoco podría dejar de existir en este mundo como lo hago hoy. Yo no. No a mis veinte y algo, en un mundo tan moderno y tan rápido, lleno de rapidez y basado en identidades para cada situación.

Tal vez Hildegarda de Bingen y todas esas mujeres que se vuelven santas, pero incluso ellas no dejaron de ser seres carnales.

Esas ganas de desintegrarse, ahora solo me suenan a mutilación. Eso no me apetece ni me suena a ilustración.

Busqué una casa bajo de la montaña de vecinos que no me vieron frecuentar el bosque por el que me quise construir un nuevo hogar. 

Pero, ¿a quién se le ocurre mudarse a la zona donde no ha vivido y tan solo comienza a caminar?

Pues a mí y a otras más. 

Suena normal, un poco arriesgado pero a que vale la pena si la vida nos está impulsando. 

Y vaya impulsos que me da.

Por aquí y por allá. 

Cuando siento que me encuentro, ya no hay punto de partida, todo vuelve a comenzar. 

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